Vinculaciones Forzadas: El Silencio que Lastima a la Infancia
En Cipolletti abundan los relatos de chicos que, a pesar de su resistencia, son obligados a mantener vínculos que no quieren. Lo que debería ser un espacio de cuidado se convierte en una fuente de angustia. Detrás de cada expediente, detrás de cada firma judicial, hay un niño que vuelve a su casa cargado de miedo o tristeza.Las resoluciones, muchas veces, ponen por delante la letra fría de los formalismos y dejan de lado lo más importante: la voz infantil. Así se terminan imponiendo relaciones que lastiman y generan una vulnerabilidad que cuesta reparar con el tiempo.Tampoco se trata solo de lo que dictan los jueces. Los equipos interdisciplinarios, en teoría pensados para proteger, suelen convalidar prácticas que apagan la palabra de los niños. Informes poco claros, diagnósticos apresurados o directamente contradictorios terminan pesando más que lo que los propios chicos sienten y expresan.
Incluso, en algunos casos, las revinculaciones se habilitan con estrategias inadecuadas, como el uso de golosinas o juguetes. Estas prácticas, que aparentan ser lúdicas, en realidad reducen la complejidad de la situación a un simple estímulo material. Con ello no se construyen lazos auténticos: se fabrica obediencia. A esto se suma el accionar de ciertos abogados que, en defensa del progenitor interesado en obtener el contacto, presionan durante las audiencias para que la vinculación se concrete, incluso cuando el propio niño se niega. La paradoja es evidente: cuando un adulto decide no acercarse a su hijo, nadie lo obliga. Pero cuando el niño dice que no quiere, la justicia lo fuerza contra su voluntad. Una incoherencia que desnuda un sistema inclinado hacia los adultos.
El valor de los informes psicológicos particulares
También preocupa la desvalorización de los informes de psicólogos particulares que acompañan a las víctimas de manera sostenida. Esos diagnósticos, construidos desde un vínculo de confianza y continuidad, son desplazados por dictámenes judiciales elaborados en pocas entrevistas. Así, se privilegia la burocracia procesal sobre la salud emocional de los niños.
¿Quién asume la responsabilidad?
Surge entonces una pregunta inevitable: cuando un informe de “aptitud para vincular” avala un contacto y luego ocurre un grave abuso, ¿quién responde? La ausencia de sanciones a los equipos técnicos y funcionarios es alarmante. No basta con lamentar el daño después. Debería existir una condena social y también judicial. Los errores en la protección de la infancia no son fallas técnicas: son decisiones que cambian vidas.
La Convención sobre los Derechos del Niño y la Ley Nacional 26.061 son claras: cada niño tiene derecho a ser escuchado y a que su opinión sea respetada según su edad y madurez. Sin embargo, la práctica demuestra otra cosa. La voz infantil queda relegada, las decisiones se toman en función de intereses adultos y el resultado es un sistema que, en lugar de proteger, termina vulnerando.
Consecuencias que marcan para siempre
Las consecuencias son profundas: ansiedad, miedo, pérdida de confianza en los adultos y en las instituciones. Cuando un niño aprende que su palabra no importa, se abre una herida que lo acompañará mucho más allá de la niñez. Esa herida no debería tener cabida en una sociedad que se dice protectora.
Desde IPR – Inocencia Protegida afirmamos con claridad: no puede hablarse de justicia verdadera cuando se obliga a un niño a sostener vínculos que lo dañan. Nuestra organización se ubica del lado de la infancia, sin matices.
Como acción institucional, nos comprometemos a exponer públicamente las prácticas de cualquier funcionario, profesional técnico o del derecho que, con su accionar, ponga en riesgo la integridad de la infancia. Lo haremos siempre dentro del marco legal, respaldados por nuestro equipo de comunicación digital y las herramientas tecnológicas que nos permiten visibilizar y difundir cada situación con alcance nacional, garantizando transparencia y rigor en cada paso.
No nos temblará el pulso para señalar a organismos e instituciones que no cumplan con la tarea que se les confió. Esta es una batalla por la infancia, y en ella no hay neutralidad posible: quienes no están del lado de los niños, se colocan en la vereda opuesta.
Porque proteger no es imponer, es escuchar. Y nosotros elegimos escuchar la voz de la niñez.