La voz del niño frente a la justicia
Cuando un niño habla en un juzgado debería sentirse protegido. Esa es la teoría. En la práctica, muchas veces ocurre lo contrario: su voz se diluye en papeles, trámites y tiempos que no tienen en cuenta la urgencia de la infancia.
En Río Negro hay ejemplos que duelen. Declaraciones repetidas sin necesidad. Entrevistas hechas sin preparación. Traslados de hogares sin sostén emocional. Cada una de esas decisiones, tomadas en nombre de la protección, terminó dejando nuevas marcas.
El “interés superior del niño” aparece escrito en resoluciones, protocolos y discursos. Pero ¿qué pasa cuando ese principio queda atrapado en un expediente? Lo que aprende el chico es que su palabra pesa poco. Y esa lección se queda adentro, silenciosa, convertida en miedo y desconfianza.
A veces los equipos técnicos cambian en plena causa. Se pierde continuidad, se fragmenta el relato y la justicia termina dudando del niño en lugar de sostenerlo. La protección que se prometía se transforma en revictimización.
Hay fallos demorados, medidas que llegaron tarde, resoluciones que parecieron más pendientes de la burocracia que de la urgencia. Esas demoras no quedan en un archivo: se transforman en cicatrices invisibles que acompañan toda la vida.
Escuchar de verdad no es un trámite. Es evitar que un niño vuelva a pasar por lo mismo. Es darle un equipo estable, sensible, que no lo exponga más de lo necesario. Es responder a tiempo.
Y la pregunta que queda es incómoda, pero inevitable: si la justicia no logra cuidar la voz de quienes más lo necesitan, ¿qué mensaje le estamos dando como sociedad?