Ciberbullying: cuando la agresión no apaga la pantalla

2 octubre, 2025 • prensa

Ciberbullying: cuando la agresión no apaga la pantalla

Las redes, los grupos de chat y las aplicaciones son parte de la vida de chicos y chicas: ahí comparten, se divierten y se conectan. Pero a veces ese lugar de encuentro se transforma en un espacio donde circula la humillación: el ciberbullying. No es solo un insulto pasajero; cuando se repite, hiere, aísla y puede dejar secuelas profundas.

El ciberbullying puede mostrarse de muchas formas: mensajes agresivos en privado, chistes que humillan, fotos o videos compartidos sin permiso, perfiles falsos creados para molestar o la clásica exclusión en grupos virtuales. Lo que antes quedaba en el recreo hoy puede viralizarse en minutos y seguir persiguiendo a la persona todo el día.
Para un chico que lo sufre, el daño es real. Puede sentir vergüenza, ansiedad, bajón o miedo a entrar al colegio. Algunos dejan de participar en actividades que antes disfrutaban. Por eso es fundamental que los adultos escuchen sin juzgar y actúen con rapidez.
¿Qué pueden hacer las familias? Empezar por conversar: preguntar cómo usan las redes, qué les pasa ahí y mostrar interés sin culparlos. Revisar juntos la privacidad de las cuentas, enseñar a no compartir contraseñas ni fotos íntimas y recordarles que siempre pueden contar lo que les molesta. Si hay señales como esconder el celular, cambios de humor o tristeza constante, vale la pena preguntar con cariño y acompañar.
Las escuelas también juegan un papel clave: transformar la educación digital en parte del día a día, tener protocolos claros y dar apoyo inmediato a quien lo necesita. Y las plataformas: bloquear, denunciar y conservar pruebas —capturas de pantalla— son pasos prácticos que ayudan a frenar la difusión.
Si el caso es grave, no hay que dudar en pedir ayuda profesional y, si corresponde, realizar la denuncia. Lo más importante es que la persona que sufre no quede sola: acompañarla, creerle y contenerla ya es empezar a reparar.
El ciberbullying no es una “mala etapa”: es violencia. Y como tal, nos necesita atentos, habladores y dispuestos a intervenir. Si en casa o en la escuela hay diálogo y escucha, los chicos saben que no están solos y se atreven a pedir ayuda.

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